ELLA.
Recuerdo el día en el que me mandaste por messenger tu fotografía. Aquello tardó miles de millones de horas en descargarse. Tanto que tuve tiempo para autoconvencerme: lo importante es el interior. No me importaría cómo fueses. Estaba enamorada de ti.
Vas a pensar que es una mariconada, pero una mariposa encerrada aleteaba en mi estómago como si se asustara cada vez que yo agitaba las piernas y, cada vez que sus alas me rozaban el interior de la víscera, el corazón se me salía por la boca en una de sus diástoles frenéticas.
Dicen las estadísticas que hay doscientos millones de usuarios de Internet en el mundo, de los cuales aproximadamente ciento cuarenta son hombres. Mi mente pseudo-científica calculó que, aproximadamente un cincuenta por ciento de ellos serían solteros.
Joder. De setenta millones de regatistas digitales en edad de merecer, había ido a enamorarme del tipo más feo del cyberespacio.
Vi tus enormes orejas pegadas a un huevo con ojos saltones sostenidos por bolsas encarnadas. Tu boca neumática tiene el labio inferior por encima del superior. Y, desde luego, tienes poca distancia entre la punta de la nariz y la barbilla. El pelo rojo ralo te cae en guedeja sobre la frente también inusualmente estrecha. Vamos, un cromo de tipo.
Yo que estaba acostumbrada a la belleza asiática, de formas tan suaves y discretas, me encontraba ahora frente a frente con el pequeño de los calatrava.
Estuve varios minutos boquiabierta con la baba asomando. ¡Te quería tanto! Mucho menos que ahora, eso sí. Pero muchísimo, Imaginé una balanza gigantesca que en un plato tuviera tu careto y en el otro tu alma. Imaginé que la estatua de la justicia, ciega ella, alzaba el cacharro, y no hubo duda. La balanza cayó del lado de tu alma. No había nada en ti que no me gustara. No hay nada en ti que no me guste.
Lo importante es el interior, me repetí. Y me alegré de estar ejerciendo de moderna.
Decidí que emprendería el pesado viaje que me separa de Madrid para ir a verte.
EL.
Recuerdo el día que me mandaste tu foto por internet. La conexión del vecino no daba mucho de sí y, cada dos por tres, el archivo dejaba de bajarse para empezar de nuevo desde el principio pasados unos segundos.
No me importa decirte que tuve una erección. Que tontería ¿no? Ni siquiera sabía cómo eras. Alta o bajita, gorda o delgada. Ni siquiera sabía si tendrías parte de atrás, porque sólo te había visto en una foto de carnet... Sin embargo sí sabía cómo eras por dentro: un embarcadero seguro en un mar salvaje. Todo lo demás sería anecdótico.
Me apunté la frase, apuré el porro, y me dispuse a fijar la vista en el monitor.
98%; 99%; 100%... ¡Joder! ¡Una china! ¡Las chinas no tienen tetas! Di un grito tal que el gato salió escopetado de mi regazo para encaramarse a la nevera. Aproveché que iba en su rescate para pillar una cerveza y reflexionar, por el camino, sobre el asunto. No podía ser. Los amigos nos llamarían sopa de ornitorrinco: Tú tan líquida, tan frágil y exótica. Yo divorciado con la belleza desde la maternidad.
Lo cierto es que a veces me ponías del higadillo con tus miedos y tus manías. Confieso que en varias ocasiones estuve tentado de eliminarte de la lista de contactos. Sin embargo, luego, a la hora de la compañía eficaz, a la hora de los silencios oportunos y de las verdades como puñales, siempre estabas ahí. Clarividente. Coherente. Balsámica.
Sabía que eras mi amor.
Miré atentamente la fotografía. Tu belleza es de agua. Se derrama suavemente por tu rostro remansando en los lugares adecuados para conformarlo.
Parque del Retiro. Plaza del Angel Caído. Pasado mañana a las nueve de la mañana. Te quiero.
ELLOS.
¡Coño! ¡Las nueve de la mañana! Espero que no sea la clase de tipo que me despierta el domingo a las 8 para ir a por churros. Da igual: yo también te quiero.
El aire me resulta pesado. Seguramente es por la niebla que se me cuela mansamente por la nariz al respirar. Todo es marrón. Qué bonito el otoño. Menos mal que no hace frío. Este olor a gasoil mezclado con hojarasca es peculiar. El bicho de la estatua me da grima. Parece que se retrasa. Qué foto voy a hacer yo con esta niebla. Joder, las diez menos cuarto. No me digas que no va a venir. 60 euros de tren desde Mataró hasta aquí. Si no viene me desintegro. Si no viene me seco.
Las nueve de la mañana. Igual me he pasado con el madrugón. Pero es que yo a las seis ya estoy en pie. Le he dado tres horas mas de sueño. Que chorrada. Joder qué frío hace. Me encanta la niebla: me mira menos la gente. ¿Y si se echa a reír cuando me vea? Es cierto que ya conoce mi cara, pero en persona pierdo mucho. Peor aún. ¿Y si me encuentro con el lapidario “te quiero como amigo”?
Ahí está. Me hormiguean las piernas. Todavía no me ha visto. Qué bonita es. Y me parece percibir su olor a jazmín desde aquí. ¡Detente! ¿Dónde va a ir ese pibón contigo? Mejor ahorrarle el sonrojo de rechazarme. Me voy. Oigo detrás de mí ¿Alan?
Tu voz de mujer retumbó dentro de las cuatro cavidades de mi corazón. ¡Parecía que te habías quedado de piedra, tío! Me di la vuelta con cara de estoesloquehay. Sentí un amor infito al ver tu cara de niño asustado ¿Yu? Pregunté. Tu voz me recorrió a la velocidad de la luz. Noté que te estremecías. Nos besamos. Decidimos que nunca nos ibamos a separar.
Hoy, nueve meses y un día después, ha nacido nuestro hijo. Afortunadamente no se parece a su padre.
jueves, 11 de febrero de 2010
jueves, 21 de enero de 2010
De payaso a taxi en quince días.
Me gustaría encontrar, en este marasmo de siglo veintiuno, la rosa amarilla que dejé en tu ventana. Menos mal que vives en un bajo, así no tuve que jugarme la vida.
La dejé más o menos fresca, con el tallo un poco dañado por haber intentado quitar las espinas demasiado rápido. Los rebordes de los pétalos ya estaban algo pasados, pero es que llevaba casi una semana calibrando la idoneidad de mi atentado de amor. Es lo que me pasa siempre: mucho tiempo pensando, y poco actuando.
La rosa estuvo ahí, atada con una bolsa de las de las cacas de los perros, casi quince días. Dos semanas en las que pasaba dos o tres veces diarias por delante de tu ventana, con la esperanza de ver que habías prendido una margarita a al lado de mi flor en señal de correspondencia.
Me frustré definitivamente cuando, al día catorceavo, vi las enormes bragas de tu madre tendidas en la misma ventana que mi misiva romántica. Recuerdo que me pregunté quién tendría el estómago de fabricar esos tangas king-size y, acto seguido, constaté que mi flor te importaba un pepino. Constaté que mi amor no te importaba. Constaté que mi esfuerzo botánico había sido en balde.
Me quedé triste. Como un cachorro en un refugio, que mueve el rabo con la esperanza de ser el próximo adoptado, y que agacha las orejas y llora quedo cuando el niño pasa frente a él sin elegirle.
El payaso de la flor pasó a ser el abuelo que mira la puerta del asilo esperando ver a su familia.
El taxi en el desierto, como diría Sabina.
Es curioso cómo se puede pasar de un tipo de patetismo a otro en sólo quince días.
En fin. Veré de qué modo Stanislavski me puede ayudar con esto...
Y no. No va por tí... (Perdón por la licencia privada)
martes, 19 de enero de 2010
Via muertas.
Donosti. 20 de Enero de 2010. 9 de la mañana.
Padre e hija están sentados en un banco mirándose directamente a los ojos. La hija hace mucho rato que llora amargamente. El padre ve los ojos rojos de su niña, ve las lágrimas rodar mansas por las mejillas, y comprende súbitamente el dolor que ella siente. Comienza a llorar también.
Ambos permanecen mirándose y llorando durante una eternidad.
Finalmente, el padre mueve casi imperceptiblemente la cabeza de derecha a izquierda, mientras eleva la comisura izquierda de sus labios con gravedad. Estira el cuello y besa a la hija en la frente. Sonríe levemente y, sin dejar de llorar, se levanta y se marcha caminando cabizbajo hasta que la niebla que cubre el paseo marítimo se lo traga.
No la puede perdonar.
Ella se levanta del banco y baja las escaleritas que separan el paseo de la playa. Avanza por la arena arrastrando los pies. LLega a la orilla. Se le eriza el pelo al contacto con el agua fría de La Concha. Sigue adentrándose en el agua hasta quedar totalmente sumergida. Segundos antes de ahogarse piensa "Ojalá pudiera volver atrás en el tiempo"
jueves, 24 de diciembre de 2009
Zapatos-persona.
Mis zapatos nunca me han fallado.
Siempre están dispuestos a salir conmigo a la calle. Jamás protestan. Ni siquiera cuando el invierno lacerante ha congelado las aceras, o cuando la lluvia los ha calado hasta los huesos.
A veces pisan un excremento que algún desalmado ha dejado en la acera. Me miran. Los miro y les hago saber que no es culpa suya, que no estoy enfadado y que ya los limpiaré en el primer césped que encuentre. O en el primer arenero. Ellos continúan el camino felices.
Algunas veces (pocas ya) me paso toda la noche de garito en garito. Voy a mi casa dando tumbos y haciendo eses. Ellos no saben qué me pasa. Pero no se quejan: simplemente me aguantan malamente en pie. Después, cuando llegamos a casa, duermen profundamente abandonados en medio del salón. Mientras descansan se ventilan del olor a Charca.
Pensándolo bien, creo que se han resignado. Creo que tienen conciencia de clase y de que,por muy mal que los trate, ellos saben que son sólo eso: zapatos.
Sin embargo, a veces, los tomo suavemente y les masajeo con una crema especial. De olor fétido, pero que a ellos les encanta. Después les paso el cepillo para rascarles bien en zonas a las que ellos no alcanzan, y les dejo descansando plácidamente en el armario durante un par de días.
Hoy, a veinticuatro de diciembre de 2009, no tengo nada mejor en qué pensar que en hacer esta nota de agradecimiento a mis zapatos.
Mis Zapatos.
Gracias.
Os quiero.
Siempre están dispuestos a salir conmigo a la calle. Jamás protestan. Ni siquiera cuando el invierno lacerante ha congelado las aceras, o cuando la lluvia los ha calado hasta los huesos.
A veces pisan un excremento que algún desalmado ha dejado en la acera. Me miran. Los miro y les hago saber que no es culpa suya, que no estoy enfadado y que ya los limpiaré en el primer césped que encuentre. O en el primer arenero. Ellos continúan el camino felices.
Algunas veces (pocas ya) me paso toda la noche de garito en garito. Voy a mi casa dando tumbos y haciendo eses. Ellos no saben qué me pasa. Pero no se quejan: simplemente me aguantan malamente en pie. Después, cuando llegamos a casa, duermen profundamente abandonados en medio del salón. Mientras descansan se ventilan del olor a Charca.
Pensándolo bien, creo que se han resignado. Creo que tienen conciencia de clase y de que,por muy mal que los trate, ellos saben que son sólo eso: zapatos.
Sin embargo, a veces, los tomo suavemente y les masajeo con una crema especial. De olor fétido, pero que a ellos les encanta. Después les paso el cepillo para rascarles bien en zonas a las que ellos no alcanzan, y les dejo descansando plácidamente en el armario durante un par de días.
Hoy, a veinticuatro de diciembre de 2009, no tengo nada mejor en qué pensar que en hacer esta nota de agradecimiento a mis zapatos.
Mis Zapatos.
Gracias.
Os quiero.
domingo, 13 de diciembre de 2009
Dos estatuas en la Estación del Sur
Otra vez, Ali.
Nos hemos quedado como estatuas de hielo en el andén de la Estación del Sur. Muertos de frío. Yo con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Tú sentadita a mi lado temblando.
Hemos mirado el tren con cara de tontos y, delante de nuestras narices, se han cerrado las puertas con un estruendo inusualmente agresivo.
Después, cuando el convoy ha iniciado el viaje, hemos tenido la oportunidad de gritar muy fuerte para suplicar al maquinista que detenga el monstruo. Pero nuestras voces se han agarrado a las paredes de la garganta, como aquella vez que tuviste una garrapata ¿te acuerdas? y no hemos podido decir ni una puta palabra.
Cuando la estación se ha quedado desierta hemos visto, a lo lejos, la columna de humo y hemos llorado lágrimas de alcohol. Rabiosos por no haber sabido, una vez más, dar un saltito al pescante.
Hemos perdido el tren, Ali. Menos mal que estamos juntos.
No me mires así con tus ojos de miel. Te prometo que estaré siempre a tu lado.
Esta tarde vamos a dormir una larga, larga siesta ¿quieres? Quizá, si lo deseamos muy vehementemente, podremos soñar con lo que soñamos. Es lo único que nos queda. Al menos de momento.
Nos hemos quedado como estatuas de hielo en el andén de la Estación del Sur. Muertos de frío. Yo con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Tú sentadita a mi lado temblando.
Hemos mirado el tren con cara de tontos y, delante de nuestras narices, se han cerrado las puertas con un estruendo inusualmente agresivo.
Después, cuando el convoy ha iniciado el viaje, hemos tenido la oportunidad de gritar muy fuerte para suplicar al maquinista que detenga el monstruo. Pero nuestras voces se han agarrado a las paredes de la garganta, como aquella vez que tuviste una garrapata ¿te acuerdas? y no hemos podido decir ni una puta palabra.
Cuando la estación se ha quedado desierta hemos visto, a lo lejos, la columna de humo y hemos llorado lágrimas de alcohol. Rabiosos por no haber sabido, una vez más, dar un saltito al pescante.
Hemos perdido el tren, Ali. Menos mal que estamos juntos.
No me mires así con tus ojos de miel. Te prometo que estaré siempre a tu lado.
Esta tarde vamos a dormir una larga, larga siesta ¿quieres? Quizá, si lo deseamos muy vehementemente, podremos soñar con lo que soñamos. Es lo único que nos queda. Al menos de momento.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Ambages, dobleces y verdades.
Querida Amiga:
Estoy harto de dobleces y de medias verdades. Hace mucho tiempo que perdí la capacidad de leer entre líneas y de entender el subtexto de las palabras de las personas.
Me iría, sin dudarlo, hasta el fin del mundo con la persona que me dijera las verdades a la cara. Sería capaz de amar sin condiciones a la mujer que me mirara directamente y me dijera "lo que has hecho me ha dolido mucho" o "creo que has metido la pata hasta el fondo" También ansío encontrar a la persona que me diga "Me estás haciendo muy feliz" o "muchas gracias por las cosas bonitas que me acabas de decir" Pero eso sí, a su debido tiempo. Me jode sobremanera darme cuenta pasados meses, o años, de que fuí terriblemente patoso en un momento dado, haciendo daño a la gente que está (o estaba) a mi alrededor. Igualmente me fastidia que no se valoren a su debido tiempo todas las cosas buenas que hago o he hecho.
Sólo he conocido en la vida a dos personas capaces de decir sin ambages todas las cosas que consideran importantes y pertinentes: una es la Princesa y otra mi buena amiga Elena; y me consta que ambas han sufrido mucho debido a esa actitud. Pero han sido solamente unos días. Luego se han ido quedando con la gente realmente importante a su alrededor, rechazando a los demás y librandose de rémoras molestas.
Querida Amiga: ¿Dónde se han quedado las personas sinceras? Espero que me lo puedas decir... Yo no lo sé.
Un beso.
Estoy harto de dobleces y de medias verdades. Hace mucho tiempo que perdí la capacidad de leer entre líneas y de entender el subtexto de las palabras de las personas.
Me iría, sin dudarlo, hasta el fin del mundo con la persona que me dijera las verdades a la cara. Sería capaz de amar sin condiciones a la mujer que me mirara directamente y me dijera "lo que has hecho me ha dolido mucho" o "creo que has metido la pata hasta el fondo" También ansío encontrar a la persona que me diga "Me estás haciendo muy feliz" o "muchas gracias por las cosas bonitas que me acabas de decir" Pero eso sí, a su debido tiempo. Me jode sobremanera darme cuenta pasados meses, o años, de que fuí terriblemente patoso en un momento dado, haciendo daño a la gente que está (o estaba) a mi alrededor. Igualmente me fastidia que no se valoren a su debido tiempo todas las cosas buenas que hago o he hecho.
Sólo he conocido en la vida a dos personas capaces de decir sin ambages todas las cosas que consideran importantes y pertinentes: una es la Princesa y otra mi buena amiga Elena; y me consta que ambas han sufrido mucho debido a esa actitud. Pero han sido solamente unos días. Luego se han ido quedando con la gente realmente importante a su alrededor, rechazando a los demás y librandose de rémoras molestas.
Querida Amiga: ¿Dónde se han quedado las personas sinceras? Espero que me lo puedas decir... Yo no lo sé.
Un beso.
viernes, 30 de octubre de 2009
Mi perra y la melancolía. Una historia que podría no ser cierta.
Mi perra es un perro. Eso no se me escapa...
Y esa plena conciencia que tengo acerca de su condición, me recuerda que no puedo esperar mucho de ella en el plano intelectual.
Lo que sí sé es lo que puedo esperar en el plano emocional y afectivo: Los perros viven (en el más amplio sentido de la palabra) la alegría, el amor, la excitación, el estrés, la tristeza, el adiós, la hipotonía, la melancolía...
Y esto último(lo de la melancolía quiero decir), lo descubír ayer cuando cerraste la puerta detrás de tí.
Mi perra te echa de menos.
Cuando llego del trabajo viene a saludarme, me alegra la vida unos segundos y, enseguida se va hacia la puerta. Se queda ahí, con el morro adelantado, las orejas aún más tiesas, meneando el rabo y olfateando el aire. Cuando constata que nadie viene detrás de mí se va a su colchón orejas y rabo caidos, llorisquea un poco y apoya la cabeza entre las patas...
Otras veces se levanta como por resorte, va hacia la silla en que desayunas, la olfatea cuidadosamente y menea el rabo (no me extraña, a mí también me gusta el olor de tu piel) Lo hace aposta, para acordarse de tí y extrañarte después.
A veces, simplemente me mira interrogante y llora.
Es una pena que no hayamos sabido gestionar la situación. Supongo que la barrera insalvable de los lustros me ha hecho perder la paciencia. Tampoco tú has sido muy paciente que digamos...
En fin... Hay algo que te puedo dar. Una especie distinta de amor, ni más mala ni menos buena que otras. Un estar ahí cuando me llames, un abrazo a tiempo, unas risas gratuítas, unas tortas en broma. Sé que sabes valorar esto que te ofrezco. Lo que no sé es si lo tomarás o no.
Espero que sí.
Y esa plena conciencia que tengo acerca de su condición, me recuerda que no puedo esperar mucho de ella en el plano intelectual.
Lo que sí sé es lo que puedo esperar en el plano emocional y afectivo: Los perros viven (en el más amplio sentido de la palabra) la alegría, el amor, la excitación, el estrés, la tristeza, el adiós, la hipotonía, la melancolía...
Y esto último(lo de la melancolía quiero decir), lo descubír ayer cuando cerraste la puerta detrás de tí.
Mi perra te echa de menos.
Cuando llego del trabajo viene a saludarme, me alegra la vida unos segundos y, enseguida se va hacia la puerta. Se queda ahí, con el morro adelantado, las orejas aún más tiesas, meneando el rabo y olfateando el aire. Cuando constata que nadie viene detrás de mí se va a su colchón orejas y rabo caidos, llorisquea un poco y apoya la cabeza entre las patas...
Otras veces se levanta como por resorte, va hacia la silla en que desayunas, la olfatea cuidadosamente y menea el rabo (no me extraña, a mí también me gusta el olor de tu piel) Lo hace aposta, para acordarse de tí y extrañarte después.
A veces, simplemente me mira interrogante y llora.
Es una pena que no hayamos sabido gestionar la situación. Supongo que la barrera insalvable de los lustros me ha hecho perder la paciencia. Tampoco tú has sido muy paciente que digamos...
En fin... Hay algo que te puedo dar. Una especie distinta de amor, ni más mala ni menos buena que otras. Un estar ahí cuando me llames, un abrazo a tiempo, unas risas gratuítas, unas tortas en broma. Sé que sabes valorar esto que te ofrezco. Lo que no sé es si lo tomarás o no.
Espero que sí.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)