Cuando se abalanzó sobre mí con la navaja de hoja brillante, supe que pretendía asesinarme. Llevaba escuchando sus pasos a mi espalda desde hacía, por lo menos, diez minutos, cadenciosos y brillantes como los de un bailarín de claqué. Chapoteaban levemente sobre la película de agua que se había formado en la acera después de uno de esos chaparrones nocturnos de abril.
La luz difusa de un farol antiguo, justo en la esquina, terminaba de darle a la escena un aire neoyorquino.
Recordé la última vez que había sido apuñalado. Mi amigo Javier Pérez Ortega me clavó un puñal de plástico en el omóplato izquierdo a la edad de 6 años. Felizmente, la hoja era retráctil y no sufrí daño alguno más que el del herido orgullo de un chico de E.G.B.
Evidentemente sabía que lo de esa noche no iba a ser ni parecido, pero por lo menos ya no era virgen en lo tocante a apuñalamientos, y eso me daba cierta ventaja a la hora de sobrevivir.
Cuando la hoja me atravesó el plexo solar, sentí un dolor agudo, y me pregunté por qué razón el antisocial estaba dándome matarile. Desde luego no era para robarme, porque si me lo hubiera pedido cuchillo en mano, yo le habría dado hasta la alianza de oro de mi ex mujer, si con eso evitaba este momento tan embarazoso para los dos. No era necesario llegar a la casquería.
Empecé a repasar mi lista de acreedores. Me dio la risa (sin olvidarme de lo que estaba sucediendo), cuando imaginé a mi padre bajo ese mismo farol, tendiendo un sobre con quinientos euros a un sicario colombiano, a cambio de que me asesinara. Sin duda por aquel incidente de la lotería de navidad.
Empezó a llover de nuevo, esta vez con fuerza. Apoyé la cabeza contra la pared de ladrillo, dispuesto a dar mi último suspiro de aire húmedo de agua y gasoil, antes de que la sangre invadiera mi tráquea.
Vi la cara del presunto delincuente. Era una mujer.
¡Con la iglesia hemos topado! Nunca se me han dado bien las chicas. Me pasa como con los trabajos: no tengo uno durante años y, de repente, se me presentan tres o cuatro. Me agobio, y acabo quedando mal en todos.
Así que era eso. Un crimen pasional. Me pareció anticuado y, dadas las circunstancias novelescas, pensé que lo más indicado en ese momento era decir algo muy dramático y desgarrado. O bien algo sin sentido, poniendo la guinda a toda una vida de payaso. Opté por lo segundo.
“¡A ver si me vas a romper las gafas!”.
Y morí.
miércoles, 1 de mayo de 2013
viernes, 7 de diciembre de 2012
Debería haber meado antes de acostarme.
Salgo del trabajo seriamente perjudicado. Ebrio de amistad, de amor, de cerveza y de Jack Daniel's. Pongo rumbo a mi casa atravesando el bosque de piernas de la calle Real. Hace calor para ser la seis de la mañana. Hacia la mitad del recorrido, ya en silencio casi absoluto, empiezo a percibir el ruido de mis pasos. Los noto cansados. Seguramente acusan el cansancio de sujetar un cuerpo viejo prematuro y una cabeza llena de movidas. Cierro los ojos y trato de orientarme con el tacto que las rayas de la acera me producen en las más que sensibles plantas del pie. Mala idea: abro los ojos y me encuentro andando en una direción distinta. La desorientación me hace caer en uno de esos remolinos de náusea y sueño producidos por el alcohol. Me agarro al aire para no caerme. Llego a mi portal. Me pregunto quién ha cambiado de sitio el portero automático, reflexiono sobre la cuestión, y me doy cuenta de que ese no es mi portal. Llego a mi portal. Me he dejado las llaves de casa en el curro. Me cago en Dios. Echo a andar de vuelta. Oigo un tintineo y me doy cuenta de que llevo las llaves en la mano. Llego a mi portal. A la tercera va a la vencida. Me desespero con los nervios del perro. Me doy el gustazo de desplomar mis cien kilos (es una cifra estimada) sobre el colchón, que pone cara de susto al ver toda esa carne impactando de forma inminente sobre su piel.
Borracho, sí. Pero feliz a falta tan sólo de un detalle: Tu piel y la mía juntas, durmiendo rabiosamente para no tener que saludar al sol.
Vendo unos ojos negros.
Tiene aspecto de uva pasa. Y, ahora que lo pienso, se parece a una uva pasa: arrugado y rudo por fuera, pero dulce y reconfortante por dentro. El hecho de que no lleve boina, hace que se pierda un poco la magia del asunto.
El señor Martín, sentado erguido con las piernas muy abiertas en una silla verde, mano sobre mano en una vara que de vez en cuando espanta al perro, me cuenta que antes sólo había en el barrio de la Calera casas bajas. Dice que todos se conocían y que, en las noches de verano, se echaban la rebeca y se sentaban en la calle a charlar con los vecinos. Recuerda que durante meses, tuvieron que hablar bajito para no molestar a la nonagenaria Rosario, que siempre había estado en la cama presa de los nervios, y que agonizaba ahora con los aperos de la mortaja junto al cabecero de marfil jaspeado y plata renegrida.
No había alumbrado público y, de vez en cuando, surgía de las tinieblas alguna pareja de beneméritas urracas provocando un silencio sepulcral. Daban las buenas noches, y se marchaban sabiendo que más de uno les hacía un corte de manga. El anciano me cuenta, muerto de la risa, que una vez vino enseguida una segunda pareja de Guardias Civiles, y les sorprendieron a todos mofándose de los que iban en la avanzadilla. Estuvieron una semana sin salir a la calle. Pero no pasó nada.
Me dice que a él no le importa que haya "moros, negros y tó eso". Muchos de los suyos tuvieron que marcharse con lo puesto a otros países y siempre se les acogió, por lo menos, con dignidad.Y favor por favor. Lo que no soporta es a los chinos. Le parecen "malajes" con esos ojos "medio cerraos".
Ahora no es que se esté mal. Pero antes, por las mañanas, el sol entraba por la puerta de la calle y cruzaba la casa hasta iluminar el patio con tejadillo verde. Hoy, los bloques de pisos quitan mucha luz, pero en algún sitio tienen que vivir los jóvenes, me dice. Ya casi no hablan con los vecinos. Después de la cena echan la novela y casi todos, algunos hombres incluídos, hacen sueño viendo la televisión.
Lleva muy mal que haya tantos coches. Sobre todo, está deseando cruzarse con el tipo que aparca una furgoneta amarilla enorme delante de la ventana de su cuarto de estar. Le condena a una visión que no es la última que quisiera tener antes de morir. Porque él morirá en su casa baja de La Calera. Lo tiene clarísimo. "Entre que llega la parca, estaré aquí tomando el fresco"
Le pregunto de dónde es. "Manchego" Me dice, con la cabeza alta de un comunero emigrado.
Le compro unos tomates, le doy los buenos días, y me marcho mirando cómo Celia canta mientras sacude la ropa para tenderla. En verano se seca en veinte minutos. "Yo vendo unos ojos negros ¿Quién me los quiere comprar?".
Te está pequeña esa camisa.
Serrat y Sabina cantan a dúo a través del pc mientras yo observo el pliegue que tu pecho forma sobre tu nívea piel (sí, sí: "nívea"); y que se asoma por entre los botones de la camisa negra llena de pelos del gato. Te está pequeña. Simulo que escucho tu interminable discurso sobre lo mala que es la jefa. Deslizo los ojos como si fueran labios sobre tu cuello, y llego al primer botón de la minicamisa, que es un disco de Tony Zenet. Lo desabrocho con la mirada y me encuentro con la flor rosa que une las copas de tu sujetador. La bajada es ardua: requieres mi opinión y yo ni siquiera te estaba escuchando. Me invento algo y desabrocho mentalmente el segundo de los botones que me llevarán a tu ombligo. A estas alturas decido hacer noche en una cervecita, pero resulta ser un corto descanso: tengo la boca seca por el tabaco. Suenan los Bee Gees y me pongo moñas. Me imagino que tu parloteo contiene un mensaje cifrado, en el me declaras tu amor eterno. Enseguida me sacudo la cabeza y me recuerdo que lo único que quiero es follar contigo, así que me lanzo de cabeza a desabrochar telequinéticamente el penúltimo botón de mi viacrucis de cuatro. Me cuesta menos esfuerzo cuando te pones algo con cremallera. La maniobra mental de desacoplamiento de las dos partes de tu camisa, está a punto de finalizar. Me pongo el casco y voy a por el cuarto y último disco de plástico con la misma sensación que debe tener un mosquito cuando ve que va a morir aplastado en el cristal de la furgoneta. Blow Monkeys. Sigues hablando tonterías mientras recorro tu torso ahora desnudo con los dedos de mi coco enfermo.
Supongo que soy adicto, también, a la droga de tu piel. Y eso que aún no la he probado.
Sobran las presentaciones.
Deslizo mi mirada furtiva como una lengua virtual sobre tu espalda infinita. Levanto levemente la punta de la nariz para intentar percibir tu aroma. Creo que debe ser de hojas de otoño húmedas. La música está demasiado alta, y la copa helada va a caer al suelo en cualquier momento por la flojera. Insalivo cuando te das la vuelta y puedo apreciar tus pechos pequeños oscilar libres bajo la camiseta blanca. Todas las putas columnas de Roma y Atenas juntas son insignificantes al lado del fuste de tu cuello. Tengo buen ángulo de observación, puedo apreciar tu basa y compenzo a hiperventilar. Me fijo ahora en el capitel. Las pecas forman un universo de estrellas sobre la nieve. Uno los puntos intentando formar una constelación hacia la que dirigirme ahora mismo. Lo consigo. Constelación de Labios. Arranco la escoba y me monto en ella para volar hasta ti. Me acerco y te beso. Delicado momento, ese en el que el destino tiene que elegir la patada en los cojones o el beso en la boca. Dos mil millones de años duran tus verdes ojos, perplejos, sobre mi cara de ¿y bien?. La perplejidad va virando hacia la curiosidad. La curiosidad te muerde el labio inferior. El labio inferior se adelanta junto con el superior para devolverme el beso. Ya no hay música. Ya no hay luz. Ya no tengo frío. No hay nada ni nadie. Sólo nuestros cuerpos muy cerca.
Operación Perrú.
Lo más bello que he tenido en esta vida de mierda, yace de costado en el sofá que ha sido su lecho en estos últimos años. Tiene la respiración agitada. Me han dicho que sueña cosas terribles o maravillosas. Sólo el Dios de los perros sabe qué visiones pueblan su cabeza. De vez en cuando levanta a duras penas la cabeza y me busca. Yo me acerco y le digo cosas. Acaricio suavemente su pelo mientras le canto alguna canción absurda. No me sonrojo: no hay nadie más aquí. Miro constantemente la cicatriz esperando no ver algún síntoma de que algo va mal. Nada va mal. Todo es correcto y, en pocas horas, estarás "amargándome la vida" otra vez.
"En cuanto apoye mis huesos prematuramente cansados en algún lugar del mundo, vendré a buscarte y te llevaré conmigo. Si es necesario comeremos arroz hervido o basura de los contenedores, No sería la primera vez ¿verdad?. Estaremos juntos. Eso es lo que importa".
De aquí a nosedonde.
Espantando la tristeza camino, sin rumbo fijo, por esta ciudad gris polvoriento. Miro constantemente a un lado y a otro esperando encontrarme vuestras pupilas familares a la vuelta de cualquier esquina. No todo iba a ser amable: la soledad me muerde el estómago hoy con una fuerza que no había sentido jamás.
Supongo que es otro de los peajes que un extranjero tiene que pagar. Las lágrimas se descuelgan sin permiso, como diría Robe, del precipicio verdimarrón de mis ojos. Tengo miedo de que se note que soy mucho más fragil de lo que mi paso decidido denota, y algún desalmado se ria de mí. Así que paso los dedos por debajo de mis gafas de pasta y continúo mi andar enérgico en dirección a aquello que parece una interesante iglesia.
En realidad, a día de hoy, me importa una mierda la arquitectura sacra. No tiene sentido si no tengo con quién hablar alguna tontada, o con quien tomar una cervecita hablando de las cosas que ayer me hastiaban por ser las de siempre.
Esta tarde iré ver el mar. Está sólo a veinte minutos andando de "mi casa". El mar siempre me arropa y me aconseja. Lanzaré mi botella con un mensaje de amor por los míos, pero no pondré el tapón: así el papel se deshilachará, y la misiva no llegará nunca.
Os extraño.
No vuelvo a ir a ese McDonald's
Vaya fin de día...
Llego del trabajo al punto donde me deja el taxi de la empresa las 6 e intento coger un taxi para la casa... Después de más de una hora, reventado de cansancio, abandono y decido comerme una ensalada en el McDonald's y llamar después a un taxi. Mucho más caro, pero vienen seguro.
Estoy comiendo mi ensalada y, al morder un crouton (que estaba delicioso, a Dios lo que es de Dios), se me rompe una muela con gran dolor... Un grupo de niñas -la universidad está al ladito- se descojona de risa al ver mi cara de dolor, y cómo se me saltan las lágrimas por el padecimiento (se me saltan cuando me duele algo). Antes de terminar la cena, llamo al taxi. No contestan. Llamo al taxi. No contestan. Llamo al taxi. No contestan.
Me levanto de la mesa, y tropiezo con la silla que cae al suelo con gran estruendo. La gente ha debido pensar que era un disparo, porque se ha hecho el silencio... Después las risas.
Salgo a la calle y llueve. llamo al taxi. No contestan. Llamo al taxi "usted no tiene saldo para hacer esta llamada" Entro de nuevo al McDonald's y pregunto dónde puedo cargarlo. Me señalan un enchufe. Les digo que no es eso. Que le quiero poner saldo. Se vuelve a reir todo el mundo. Me indican una gasolinera que está dos cuadras, allí puedo recargar (poner saldo, quiero decir) el móvil. Coño con las dos cuadras. Sigue lloviendo. Después de quince minutos andando, llego y cargo (pongo saldo) al móvil. Llamo al taxi. No contestan. Llamo al taxi. No contestan.
Vuelvo andando al Mcdonald's empapado y muerto de cansancio.
Al final, en contra de las serias recomendaciones de los peruanos, me arriesgo a coger un taxi cualquiera. Paro por lo menos a cinco y ninguno me quiere llevar. Demasiado corta la carrera. Me planteo la idea de ir andando, pero el único cerro que hay en Lima, me separa de la casa. Al final para uno. Quince soles. El triple de lo que me costaría si no tuviera esta cara de desesperación.
Me siento y el tipo pone la música a todo volumen. Cumbia, para variar. Llego a la esquina de la casa. Pretendo ir al cajero, pero está ocupado. Me espero en la puerta. Llueve y la alarma de un coche se dispara frente a mí atronándome los timpanos. La conductora está dentro, pero no apaga la alarma. Debe pensar que la voy a atracar. Ganas no me faltan, la verdad.
Saco dinero y me encamino hacia la casa con la cantinela "mañana será otro día" en la cabeza.
Lorenzo.
Y cuando Lorenzo asoma sus manos por entre las lamas de la persiana, noto más que nunca la falta de una piel a mi lado.
El revoltijo de piernas, sábanas y alientos de pozo, el mal humor de por las mañanas y el olor a café con leche, me quedan tan lejos que podría decir que estoy en el polo opuesto de donde quisiera estar esta mañana. Empiezo a estar en una edad en la que se supone que hay que conformarse con lo menos malo... Pero no me conformo. Encontraré la humedad, detestaré las manías, amaré la rutina y besaré los labios de cartón de la mañana abrazado a unos ojos que lloran cuando hace falta.
lunes, 24 de enero de 2011
Llovía. ¡Mierda!
Furioso, le metí un patadón a la bolsa del ahorramás. Resultó que algún papá perezoso había metido en ella el pañal usado de su retoño, y lo había tirado por la ventana, seguramente para librarse de la lluvia helada de enero. El destino cósmico quiso que la bolsa se quedara enganchada boca abajo en el plátano de indias en cuyo alcorque vomito en las noches complicadas.
Abrióse el antiecológico contenedor dejando caer sobre mi cabeza aquella muestra de jaguis drai naits.
Seguramente todos nos hemos cagado alguna vez en el leguleyo Murphy de los cojones. Aquella fue la mía.
El fantástico ejemplar de celulosa infantil, que se había desplegado en el aire, aterrizó en mi calva incipiente demostrándome que, como era de esperar, el anuncio que dice "LOS MAS ABSORBENTES" no es más que publicidad engañosa.
Y ahí estaba yo: calado hasta los huesos, borracho, triste, con los hombros encogidos y las manos en los bolsillo por el frío.
Y con un pañal lleno de mierda en la cabeza.
Qué nochecita...
Abrióse el antiecológico contenedor dejando caer sobre mi cabeza aquella muestra de jaguis drai naits.
Seguramente todos nos hemos cagado alguna vez en el leguleyo Murphy de los cojones. Aquella fue la mía.
El fantástico ejemplar de celulosa infantil, que se había desplegado en el aire, aterrizó en mi calva incipiente demostrándome que, como era de esperar, el anuncio que dice "LOS MAS ABSORBENTES" no es más que publicidad engañosa.
Y ahí estaba yo: calado hasta los huesos, borracho, triste, con los hombros encogidos y las manos en los bolsillo por el frío.
Y con un pañal lleno de mierda en la cabeza.
Qué nochecita...
martes, 14 de diciembre de 2010
Bucles de invierno.

"Quiero pasar el resto de mi vida contigo."
Te desplomaste sobre el banco del parque. El sonido de tu cuerpo chocando con la madera cubierta ya por la escarcha me pareció la más triste canción de despedida jamás escrita.
Vi tu cara de perra recién abandonada en la carretera, y supe con certeza cómo iba a acabar aquella noche de risas y copas.
"Creía que ya lo habíamos hablado, Alan"
¡Por supuesto que ya lo habíamos hablado! ¡por lo menos diez veces!
Diez veces...
Nada comparado con las más de mil noches que mi cabeza había pasado intentando convencer a mis tripas de que aquella que transitaba era una cuesta arriba demasiado pronunciada para mi maquinaria de viejo prematuro.
Recordé la conversación que habíamos tenido hacía unos segundos. Imaginé que estaba en un viejo Teatro de alguna ciudad europea.
Linda: No tengo sueño. ¿seguimos la marcha?
Alan: ¡Vale! Yo tampoco me iría a la cama todavía...
Linda: ¿Qué quieres hacer?
Ese era mi momento. Una contestación inteligente y divertida te dejaría inerme. Te besaría y te darías cuenta de que tu cama no estaría jamás completa sin mí bajo el edredón.
"Quiero pasar el resto de mi vida contigo"
martes, 9 de noviembre de 2010
Síntesis de una pereza.

Querida Amiga:
Ya está aquí el otoño. Hoy he visto como las hojas amarillas volaban frenéticamente, despertadas con violencia por la máquina ruidosa que sopla de un ser amarillo, o impulsadas por este viento que te puede llevar a la locura si te dejas llevar por su canto frío.
Me he duchado y he comprobado como también el otoño pasa por mi cuero cabelludo arrancando los cada vez más espaciados pelos. He pensado que me da igual. El que me quiera o deje de quererme por la densidad demopelográfica de mi cabeza es, definitivamente, un gilipollas.
He abierto la nevera y he descubierto que no tenía leche. Mierda. Ayer me acosté sin cenar y un poco intoxicado por la rubia y tengo una hipoglucemia considerable, así que me he apretado la parte colombiana del café con leche, desencadenando la inevitable reacción gástrica escatoaromática.
He pasado la escoba y he comprobado que debería haber cerrado las ventanas antes de hacer un montoncito con los pelos de mi perra, el polvo industrial y las células muertas de mi piel. Este material de deshecho que hasta ayer estaba en el suelo, está ahora por toda la casa, y me he mosqueado tanto conmigo mismo que me he prohibido barrer en una temporada.
Ahora sale el sol. Me imagino que habrá negociado servicios mínimos con las nubes. Sale tímidamente, como si tuviera miedo de los piquetes de la borrasca. Debería aprovechar para tender la ropa que lleva desde el sábado limpia en la lavadora. Pero no me apetece.
Pienso en unos ojos y en seguida recuerdo que no debo mirarlos más allá de los aspectos puramente fisonómicos. Me da rabia, pero es lo que hay, y creo que eso no va a cambiar.
El pollo está en el microondas. Lo bueno de estar sin trabajar es que uno retoma la costumbre de cocinar, en vez de comerse por ahí un bocata de partes no identificadas del puerco. Eso devuelve, en cierto modo, la sensación de que uno es humano. Sin embargo, creo que terminaré por no hacer nada. Mi cuerpo está empezando a gritar que es la hora del letargo invernal.
Voy a coger la guitarra. Me apetece, aunque sé que con estas manos gélidas lo más que voy a conseguir es hacer alguna versión dudosa del cumpleaños feliz. No sé, me lo voy a pensar.
Qué pereza...
sábado, 21 de agosto de 2010
Facebook te lo pone fácil. Porpocos.
Querida Amiga:
No soy un tipo agraciado.
Cierto es que tampoco soy un callo malayo... Creo que tengo un rostro bastante aceptable, apartando la modestia. Algunas personas me han dicho que tengo los ojos bonitos y unos gestos sorprendentes. Supongo que la frasecita de mi tío Camilo -¡Qué guapa series si fossis una nena!- viene a corroborar mi no del todo mal aspecto facial. Aunque tampoco me fío demasiado de mi difunto pariente pues, en los días en los que se recogían las mongetes, mi tío tenía sus enormes gafas de culo de vaso, además de con una considerable capa de roña agraria, rayadas por surcos casi igual de grandes que los de la huerta.
Pero pongamos esto como hipótesis de partida, y volvamos a empezar.
Soy un tío guapo.
(Pausa valorativa)
Pero estoy gordo. Eso sí que es impepinable. Hasta mis amigas más caritativas me lo dicen con frases como "Hombre, estás gordito." o "Pues sí, pero eso tiene fácil solución ¿no?" Una mierda, fácil solución. Yo suelo salir al paso con la famosa sentencia de Obelix: "Yo no estoy gordo. Si acaso un poco bajo de pecho." Nos reímos y a otra cosa, mariposa.
Con este panorama, siempre he sido incapaz de ligar en una discoteca con alguna de esos bombones que bailan espasmódicamente en la pista.
Si uno quiere tener un asunto fugaz que no vaya más allá de un polvo regado con Brugal, tiene que estar bueno. Eso está claro.
Así me ha ido. Las pocas mujeres que han entrado en mi cama, lo han hecho después de largas horas, días o incluso semanas de un arduo trabajo de presentación de mis virtudes intelectuales. En el plano de la conversación y del humor sí que me bandeo bien, para qué lo voy a negar.
Lo que pasa es que, en la calle o en los bares, uno no puede acercarse a la mujer soñada de turno y contarle un chiste. Menos aún, como te decía antes, si la broma sale de un cuerpo antierótico como el mío. Lo más probable es que te mire con ojos de bacalao, se eche una risita y se largue a contarle a sus amigas que un tipo baboso le ha "entrado". ¡Qué más quisiera yo que haberle entrado! Ni siquiera he subido el primer escalón que lleva a la cueva...
En fin...
En lo tocante a la presentación del elenco de cualidades intelectuales, Facebook me ha ayudado mucho. La verdad es que las nuevas tecnologías son muy útiles para estas cosas. Uno puede levantarse un día inspirado y poner en su muro una frase ingeniosa, un vídeo curioso, o comunicar a cientos de personas a la vez su estado de ánimo, sin que ello implique desplazamiento geográfico alguno, y sin tener que ver la cara de la persona que está leyendo tus asuntos.
Es como ir a pescar: uno arroja el anzuelo y espera que pique alguna almeja (nota: mirar en la wikipedia si las almejas se pescan con caña)
Cierto es que resulta un poco impersonal, pero ahorra mucho trabajo. Ni siquiera me tengo que vestir, duchar, peinar y perfumar. Facebook te lo pone fácil.
Tampoco es que me haya hartado de follar desde que estoy registrado en el caralibro pero -aprovechando que es domingo haré un símil futbolístico- he tenido muchas ocasiones de gol y eso, para un tipo acostumbrado a los porpocos, cuenta como un triunfo.
Bueno. No te braseo más.
Agradecido y emocionado, solamente puedo decir ¡Gracias Facebook!
No soy un tipo agraciado.
Cierto es que tampoco soy un callo malayo... Creo que tengo un rostro bastante aceptable, apartando la modestia. Algunas personas me han dicho que tengo los ojos bonitos y unos gestos sorprendentes. Supongo que la frasecita de mi tío Camilo -¡Qué guapa series si fossis una nena!- viene a corroborar mi no del todo mal aspecto facial. Aunque tampoco me fío demasiado de mi difunto pariente pues, en los días en los que se recogían las mongetes, mi tío tenía sus enormes gafas de culo de vaso, además de con una considerable capa de roña agraria, rayadas por surcos casi igual de grandes que los de la huerta.
Pero pongamos esto como hipótesis de partida, y volvamos a empezar.
Soy un tío guapo.
(Pausa valorativa)
Pero estoy gordo. Eso sí que es impepinable. Hasta mis amigas más caritativas me lo dicen con frases como "Hombre, estás gordito." o "Pues sí, pero eso tiene fácil solución ¿no?" Una mierda, fácil solución. Yo suelo salir al paso con la famosa sentencia de Obelix: "Yo no estoy gordo. Si acaso un poco bajo de pecho." Nos reímos y a otra cosa, mariposa.
Con este panorama, siempre he sido incapaz de ligar en una discoteca con alguna de esos bombones que bailan espasmódicamente en la pista.
Si uno quiere tener un asunto fugaz que no vaya más allá de un polvo regado con Brugal, tiene que estar bueno. Eso está claro.
Así me ha ido. Las pocas mujeres que han entrado en mi cama, lo han hecho después de largas horas, días o incluso semanas de un arduo trabajo de presentación de mis virtudes intelectuales. En el plano de la conversación y del humor sí que me bandeo bien, para qué lo voy a negar.
Lo que pasa es que, en la calle o en los bares, uno no puede acercarse a la mujer soñada de turno y contarle un chiste. Menos aún, como te decía antes, si la broma sale de un cuerpo antierótico como el mío. Lo más probable es que te mire con ojos de bacalao, se eche una risita y se largue a contarle a sus amigas que un tipo baboso le ha "entrado". ¡Qué más quisiera yo que haberle entrado! Ni siquiera he subido el primer escalón que lleva a la cueva...
En fin...
En lo tocante a la presentación del elenco de cualidades intelectuales, Facebook me ha ayudado mucho. La verdad es que las nuevas tecnologías son muy útiles para estas cosas. Uno puede levantarse un día inspirado y poner en su muro una frase ingeniosa, un vídeo curioso, o comunicar a cientos de personas a la vez su estado de ánimo, sin que ello implique desplazamiento geográfico alguno, y sin tener que ver la cara de la persona que está leyendo tus asuntos.
Es como ir a pescar: uno arroja el anzuelo y espera que pique alguna almeja (nota: mirar en la wikipedia si las almejas se pescan con caña)
Cierto es que resulta un poco impersonal, pero ahorra mucho trabajo. Ni siquiera me tengo que vestir, duchar, peinar y perfumar. Facebook te lo pone fácil.
Tampoco es que me haya hartado de follar desde que estoy registrado en el caralibro pero -aprovechando que es domingo haré un símil futbolístico- he tenido muchas ocasiones de gol y eso, para un tipo acostumbrado a los porpocos, cuenta como un triunfo.
Bueno. No te braseo más.
Agradecido y emocionado, solamente puedo decir ¡Gracias Facebook!
jueves, 12 de agosto de 2010
Soy una bolsa. Las once de la noche.
No hay paz.
Quiero abandonar esta pista de obstáculos.
Marcharme para siempre a un lugar donde el azul me recuerde que no somos nadie.
Me levanto y paso dos millones de años observando la bolsa de plástico que está enganchada en la copa del árbol que tengo delante de la ventana.
Joder. Qué tortura.
Soy una bolsa de plástico.
(Larga pausa dramática.)
Soy esa bolsa de plástico.
Pensé que, en esta noche agitada, el viento del sur vendría a rescatarme de la mediocridad. Pero aunque ha llegado, está muy entretenido torturando a las hojas verdes que cambian de color según les incide la luz de la farola.
No piensa echarme una mano.
Mañana me voy. No para siempre, por desgracia. Pero algo es algo. Será una especie de ensayo general.
Si por la razón que sea no vuelvo en años, pásate por mi casa y llámame para decirme cómo sigue la bolsa. Si por fin consiguió liberarse, o si sigue agitando las manos como la mujer del Gernika.
miércoles, 9 de junio de 2010
El amor... Bueno, nada.

Querido Amigo:
Ya tenemos 40 estacazos (año arriba, año abajo) y aún no hemos encontrado el amor eterno.
A decir verdad no sé si dicha condición existe. Y tampoco puedo hablar con autoridad al respecto, pues en ningún momento de mi vida me he dedicado a buscarlo activamente.
Te podría decir que me gusta dejar que llegue cuando corresponda, pero la verdad es que estoy empezando a ver demasiado cerca ese horizonte de televisión y bocadillos que, antaño, me hacía sentir más libre e independiente. Comienza a preocuparme un poco la idea de que la cama se me quede grande para siempre, y de no ser capaz de elegir por mí mismo el color de la pared del dormitorio.
Creo que estoy empezando a no ser tan moderno y a necesitar los pelos de alguien en la ducha. La piel de alguien a mi lado bajo o sobre el edredón.
Supongo que es normal, en un tiempo turbulento, tener miedos y dudas. De todos modos ya sabes que eso es lo mío.
Lo hemos hablado muchas veces, pero últimamente mi mente da más vueltas que un perro antes de tumbarse a dormir y parece que necesito soltarlo por escrito (me calma, de hecho) De todos modos, no hay nada más reconfortante que tus silencios. Esos que a veces se rompen para soltar alguna verdad de relámpago.
Te pido perdón si alguna vez he estado demasiado pesado con el asunto, y no he estado concentrado en las cosas realmente importantes. Ya supe hace tiempo que la amistad está por encima del amor,del sexo, incluso de la familia. Pero uno nunca sabe cuándo su cabeza va a romper la barrera del sonido para sobrevolar demasiado rápido las cosas que de verdad importan. No digo que familia, sexo y amor no sean vitales, pero pienso que son mucho más fugaces que el cariño de un amigo. Más efímeros.
Bueno, voy a colgar. Que es conferencia y debes estar hasta la polla de mis dudas.
Un abrazo.
jueves, 11 de febrero de 2010
Yu33 y Alan72. Una historia de amor binaria.
ELLA.
Recuerdo el día en el que me mandaste por messenger tu fotografía. Aquello tardó miles de millones de horas en descargarse. Tanto que tuve tiempo para autoconvencerme: lo importante es el interior. No me importaría cómo fueses. Estaba enamorada de ti.
Vas a pensar que es una mariconada, pero una mariposa encerrada aleteaba en mi estómago como si se asustara cada vez que yo agitaba las piernas y, cada vez que sus alas me rozaban el interior de la víscera, el corazón se me salía por la boca en una de sus diástoles frenéticas.
Dicen las estadísticas que hay doscientos millones de usuarios de Internet en el mundo, de los cuales aproximadamente ciento cuarenta son hombres. Mi mente pseudo-científica calculó que, aproximadamente un cincuenta por ciento de ellos serían solteros.
Joder. De setenta millones de regatistas digitales en edad de merecer, había ido a enamorarme del tipo más feo del cyberespacio.
Vi tus enormes orejas pegadas a un huevo con ojos saltones sostenidos por bolsas encarnadas. Tu boca neumática tiene el labio inferior por encima del superior. Y, desde luego, tienes poca distancia entre la punta de la nariz y la barbilla. El pelo rojo ralo te cae en guedeja sobre la frente también inusualmente estrecha. Vamos, un cromo de tipo.
Yo que estaba acostumbrada a la belleza asiática, de formas tan suaves y discretas, me encontraba ahora frente a frente con el pequeño de los calatrava.
Estuve varios minutos boquiabierta con la baba asomando. ¡Te quería tanto! Mucho menos que ahora, eso sí. Pero muchísimo, Imaginé una balanza gigantesca que en un plato tuviera tu careto y en el otro tu alma. Imaginé que la estatua de la justicia, ciega ella, alzaba el cacharro, y no hubo duda. La balanza cayó del lado de tu alma. No había nada en ti que no me gustara. No hay nada en ti que no me guste.
Lo importante es el interior, me repetí. Y me alegré de estar ejerciendo de moderna.
Decidí que emprendería el pesado viaje que me separa de Madrid para ir a verte.
EL.
Recuerdo el día que me mandaste tu foto por internet. La conexión del vecino no daba mucho de sí y, cada dos por tres, el archivo dejaba de bajarse para empezar de nuevo desde el principio pasados unos segundos.
No me importa decirte que tuve una erección. Que tontería ¿no? Ni siquiera sabía cómo eras. Alta o bajita, gorda o delgada. Ni siquiera sabía si tendrías parte de atrás, porque sólo te había visto en una foto de carnet... Sin embargo sí sabía cómo eras por dentro: un embarcadero seguro en un mar salvaje. Todo lo demás sería anecdótico.
Me apunté la frase, apuré el porro, y me dispuse a fijar la vista en el monitor.
98%; 99%; 100%... ¡Joder! ¡Una china! ¡Las chinas no tienen tetas! Di un grito tal que el gato salió escopetado de mi regazo para encaramarse a la nevera. Aproveché que iba en su rescate para pillar una cerveza y reflexionar, por el camino, sobre el asunto. No podía ser. Los amigos nos llamarían sopa de ornitorrinco: Tú tan líquida, tan frágil y exótica. Yo divorciado con la belleza desde la maternidad.
Lo cierto es que a veces me ponías del higadillo con tus miedos y tus manías. Confieso que en varias ocasiones estuve tentado de eliminarte de la lista de contactos. Sin embargo, luego, a la hora de la compañía eficaz, a la hora de los silencios oportunos y de las verdades como puñales, siempre estabas ahí. Clarividente. Coherente. Balsámica.
Sabía que eras mi amor.
Miré atentamente la fotografía. Tu belleza es de agua. Se derrama suavemente por tu rostro remansando en los lugares adecuados para conformarlo.
Parque del Retiro. Plaza del Angel Caído. Pasado mañana a las nueve de la mañana. Te quiero.
ELLOS.
¡Coño! ¡Las nueve de la mañana! Espero que no sea la clase de tipo que me despierta el domingo a las 8 para ir a por churros. Da igual: yo también te quiero.
El aire me resulta pesado. Seguramente es por la niebla que se me cuela mansamente por la nariz al respirar. Todo es marrón. Qué bonito el otoño. Menos mal que no hace frío. Este olor a gasoil mezclado con hojarasca es peculiar. El bicho de la estatua me da grima. Parece que se retrasa. Qué foto voy a hacer yo con esta niebla. Joder, las diez menos cuarto. No me digas que no va a venir. 60 euros de tren desde Mataró hasta aquí. Si no viene me desintegro. Si no viene me seco.
Las nueve de la mañana. Igual me he pasado con el madrugón. Pero es que yo a las seis ya estoy en pie. Le he dado tres horas mas de sueño. Que chorrada. Joder qué frío hace. Me encanta la niebla: me mira menos la gente. ¿Y si se echa a reír cuando me vea? Es cierto que ya conoce mi cara, pero en persona pierdo mucho. Peor aún. ¿Y si me encuentro con el lapidario “te quiero como amigo”?
Ahí está. Me hormiguean las piernas. Todavía no me ha visto. Qué bonita es. Y me parece percibir su olor a jazmín desde aquí. ¡Detente! ¿Dónde va a ir ese pibón contigo? Mejor ahorrarle el sonrojo de rechazarme. Me voy. Oigo detrás de mí ¿Alan?
Tu voz de mujer retumbó dentro de las cuatro cavidades de mi corazón. ¡Parecía que te habías quedado de piedra, tío! Me di la vuelta con cara de estoesloquehay. Sentí un amor infito al ver tu cara de niño asustado ¿Yu? Pregunté. Tu voz me recorrió a la velocidad de la luz. Noté que te estremecías. Nos besamos. Decidimos que nunca nos ibamos a separar.
Hoy, nueve meses y un día después, ha nacido nuestro hijo. Afortunadamente no se parece a su padre.
Recuerdo el día en el que me mandaste por messenger tu fotografía. Aquello tardó miles de millones de horas en descargarse. Tanto que tuve tiempo para autoconvencerme: lo importante es el interior. No me importaría cómo fueses. Estaba enamorada de ti.
Vas a pensar que es una mariconada, pero una mariposa encerrada aleteaba en mi estómago como si se asustara cada vez que yo agitaba las piernas y, cada vez que sus alas me rozaban el interior de la víscera, el corazón se me salía por la boca en una de sus diástoles frenéticas.
Dicen las estadísticas que hay doscientos millones de usuarios de Internet en el mundo, de los cuales aproximadamente ciento cuarenta son hombres. Mi mente pseudo-científica calculó que, aproximadamente un cincuenta por ciento de ellos serían solteros.
Joder. De setenta millones de regatistas digitales en edad de merecer, había ido a enamorarme del tipo más feo del cyberespacio.
Vi tus enormes orejas pegadas a un huevo con ojos saltones sostenidos por bolsas encarnadas. Tu boca neumática tiene el labio inferior por encima del superior. Y, desde luego, tienes poca distancia entre la punta de la nariz y la barbilla. El pelo rojo ralo te cae en guedeja sobre la frente también inusualmente estrecha. Vamos, un cromo de tipo.
Yo que estaba acostumbrada a la belleza asiática, de formas tan suaves y discretas, me encontraba ahora frente a frente con el pequeño de los calatrava.
Estuve varios minutos boquiabierta con la baba asomando. ¡Te quería tanto! Mucho menos que ahora, eso sí. Pero muchísimo, Imaginé una balanza gigantesca que en un plato tuviera tu careto y en el otro tu alma. Imaginé que la estatua de la justicia, ciega ella, alzaba el cacharro, y no hubo duda. La balanza cayó del lado de tu alma. No había nada en ti que no me gustara. No hay nada en ti que no me guste.
Lo importante es el interior, me repetí. Y me alegré de estar ejerciendo de moderna.
Decidí que emprendería el pesado viaje que me separa de Madrid para ir a verte.
EL.
Recuerdo el día que me mandaste tu foto por internet. La conexión del vecino no daba mucho de sí y, cada dos por tres, el archivo dejaba de bajarse para empezar de nuevo desde el principio pasados unos segundos.
No me importa decirte que tuve una erección. Que tontería ¿no? Ni siquiera sabía cómo eras. Alta o bajita, gorda o delgada. Ni siquiera sabía si tendrías parte de atrás, porque sólo te había visto en una foto de carnet... Sin embargo sí sabía cómo eras por dentro: un embarcadero seguro en un mar salvaje. Todo lo demás sería anecdótico.
Me apunté la frase, apuré el porro, y me dispuse a fijar la vista en el monitor.
98%; 99%; 100%... ¡Joder! ¡Una china! ¡Las chinas no tienen tetas! Di un grito tal que el gato salió escopetado de mi regazo para encaramarse a la nevera. Aproveché que iba en su rescate para pillar una cerveza y reflexionar, por el camino, sobre el asunto. No podía ser. Los amigos nos llamarían sopa de ornitorrinco: Tú tan líquida, tan frágil y exótica. Yo divorciado con la belleza desde la maternidad.
Lo cierto es que a veces me ponías del higadillo con tus miedos y tus manías. Confieso que en varias ocasiones estuve tentado de eliminarte de la lista de contactos. Sin embargo, luego, a la hora de la compañía eficaz, a la hora de los silencios oportunos y de las verdades como puñales, siempre estabas ahí. Clarividente. Coherente. Balsámica.
Sabía que eras mi amor.
Miré atentamente la fotografía. Tu belleza es de agua. Se derrama suavemente por tu rostro remansando en los lugares adecuados para conformarlo.
Parque del Retiro. Plaza del Angel Caído. Pasado mañana a las nueve de la mañana. Te quiero.
ELLOS.
¡Coño! ¡Las nueve de la mañana! Espero que no sea la clase de tipo que me despierta el domingo a las 8 para ir a por churros. Da igual: yo también te quiero.
El aire me resulta pesado. Seguramente es por la niebla que se me cuela mansamente por la nariz al respirar. Todo es marrón. Qué bonito el otoño. Menos mal que no hace frío. Este olor a gasoil mezclado con hojarasca es peculiar. El bicho de la estatua me da grima. Parece que se retrasa. Qué foto voy a hacer yo con esta niebla. Joder, las diez menos cuarto. No me digas que no va a venir. 60 euros de tren desde Mataró hasta aquí. Si no viene me desintegro. Si no viene me seco.
Las nueve de la mañana. Igual me he pasado con el madrugón. Pero es que yo a las seis ya estoy en pie. Le he dado tres horas mas de sueño. Que chorrada. Joder qué frío hace. Me encanta la niebla: me mira menos la gente. ¿Y si se echa a reír cuando me vea? Es cierto que ya conoce mi cara, pero en persona pierdo mucho. Peor aún. ¿Y si me encuentro con el lapidario “te quiero como amigo”?
Ahí está. Me hormiguean las piernas. Todavía no me ha visto. Qué bonita es. Y me parece percibir su olor a jazmín desde aquí. ¡Detente! ¿Dónde va a ir ese pibón contigo? Mejor ahorrarle el sonrojo de rechazarme. Me voy. Oigo detrás de mí ¿Alan?
Tu voz de mujer retumbó dentro de las cuatro cavidades de mi corazón. ¡Parecía que te habías quedado de piedra, tío! Me di la vuelta con cara de estoesloquehay. Sentí un amor infito al ver tu cara de niño asustado ¿Yu? Pregunté. Tu voz me recorrió a la velocidad de la luz. Noté que te estremecías. Nos besamos. Decidimos que nunca nos ibamos a separar.
Hoy, nueve meses y un día después, ha nacido nuestro hijo. Afortunadamente no se parece a su padre.
jueves, 21 de enero de 2010
De payaso a taxi en quince días.
Me gustaría encontrar, en este marasmo de siglo veintiuno, la rosa amarilla que dejé en tu ventana. Menos mal que vives en un bajo, así no tuve que jugarme la vida.
La dejé más o menos fresca, con el tallo un poco dañado por haber intentado quitar las espinas demasiado rápido. Los rebordes de los pétalos ya estaban algo pasados, pero es que llevaba casi una semana calibrando la idoneidad de mi atentado de amor. Es lo que me pasa siempre: mucho tiempo pensando, y poco actuando.
La rosa estuvo ahí, atada con una bolsa de las de las cacas de los perros, casi quince días. Dos semanas en las que pasaba dos o tres veces diarias por delante de tu ventana, con la esperanza de ver que habías prendido una margarita a al lado de mi flor en señal de correspondencia.
Me frustré definitivamente cuando, al día catorceavo, vi las enormes bragas de tu madre tendidas en la misma ventana que mi misiva romántica. Recuerdo que me pregunté quién tendría el estómago de fabricar esos tangas king-size y, acto seguido, constaté que mi flor te importaba un pepino. Constaté que mi amor no te importaba. Constaté que mi esfuerzo botánico había sido en balde.
Me quedé triste. Como un cachorro en un refugio, que mueve el rabo con la esperanza de ser el próximo adoptado, y que agacha las orejas y llora quedo cuando el niño pasa frente a él sin elegirle.
El payaso de la flor pasó a ser el abuelo que mira la puerta del asilo esperando ver a su familia.
El taxi en el desierto, como diría Sabina.
Es curioso cómo se puede pasar de un tipo de patetismo a otro en sólo quince días.
En fin. Veré de qué modo Stanislavski me puede ayudar con esto...
Y no. No va por tí... (Perdón por la licencia privada)
martes, 19 de enero de 2010
Via muertas.
Donosti. 20 de Enero de 2010. 9 de la mañana.
Padre e hija están sentados en un banco mirándose directamente a los ojos. La hija hace mucho rato que llora amargamente. El padre ve los ojos rojos de su niña, ve las lágrimas rodar mansas por las mejillas, y comprende súbitamente el dolor que ella siente. Comienza a llorar también.
Ambos permanecen mirándose y llorando durante una eternidad.
Finalmente, el padre mueve casi imperceptiblemente la cabeza de derecha a izquierda, mientras eleva la comisura izquierda de sus labios con gravedad. Estira el cuello y besa a la hija en la frente. Sonríe levemente y, sin dejar de llorar, se levanta y se marcha caminando cabizbajo hasta que la niebla que cubre el paseo marítimo se lo traga.
No la puede perdonar.
Ella se levanta del banco y baja las escaleritas que separan el paseo de la playa. Avanza por la arena arrastrando los pies. LLega a la orilla. Se le eriza el pelo al contacto con el agua fría de La Concha. Sigue adentrándose en el agua hasta quedar totalmente sumergida. Segundos antes de ahogarse piensa "Ojalá pudiera volver atrás en el tiempo"
jueves, 24 de diciembre de 2009
Zapatos-persona.
Mis zapatos nunca me han fallado.
Siempre están dispuestos a salir conmigo a la calle. Jamás protestan. Ni siquiera cuando el invierno lacerante ha congelado las aceras, o cuando la lluvia los ha calado hasta los huesos.
A veces pisan un excremento que algún desalmado ha dejado en la acera. Me miran. Los miro y les hago saber que no es culpa suya, que no estoy enfadado y que ya los limpiaré en el primer césped que encuentre. O en el primer arenero. Ellos continúan el camino felices.
Algunas veces (pocas ya) me paso toda la noche de garito en garito. Voy a mi casa dando tumbos y haciendo eses. Ellos no saben qué me pasa. Pero no se quejan: simplemente me aguantan malamente en pie. Después, cuando llegamos a casa, duermen profundamente abandonados en medio del salón. Mientras descansan se ventilan del olor a Charca.
Pensándolo bien, creo que se han resignado. Creo que tienen conciencia de clase y de que,por muy mal que los trate, ellos saben que son sólo eso: zapatos.
Sin embargo, a veces, los tomo suavemente y les masajeo con una crema especial. De olor fétido, pero que a ellos les encanta. Después les paso el cepillo para rascarles bien en zonas a las que ellos no alcanzan, y les dejo descansando plácidamente en el armario durante un par de días.
Hoy, a veinticuatro de diciembre de 2009, no tengo nada mejor en qué pensar que en hacer esta nota de agradecimiento a mis zapatos.
Mis Zapatos.
Gracias.
Os quiero.
Siempre están dispuestos a salir conmigo a la calle. Jamás protestan. Ni siquiera cuando el invierno lacerante ha congelado las aceras, o cuando la lluvia los ha calado hasta los huesos.
A veces pisan un excremento que algún desalmado ha dejado en la acera. Me miran. Los miro y les hago saber que no es culpa suya, que no estoy enfadado y que ya los limpiaré en el primer césped que encuentre. O en el primer arenero. Ellos continúan el camino felices.
Algunas veces (pocas ya) me paso toda la noche de garito en garito. Voy a mi casa dando tumbos y haciendo eses. Ellos no saben qué me pasa. Pero no se quejan: simplemente me aguantan malamente en pie. Después, cuando llegamos a casa, duermen profundamente abandonados en medio del salón. Mientras descansan se ventilan del olor a Charca.
Pensándolo bien, creo que se han resignado. Creo que tienen conciencia de clase y de que,por muy mal que los trate, ellos saben que son sólo eso: zapatos.
Sin embargo, a veces, los tomo suavemente y les masajeo con una crema especial. De olor fétido, pero que a ellos les encanta. Después les paso el cepillo para rascarles bien en zonas a las que ellos no alcanzan, y les dejo descansando plácidamente en el armario durante un par de días.
Hoy, a veinticuatro de diciembre de 2009, no tengo nada mejor en qué pensar que en hacer esta nota de agradecimiento a mis zapatos.
Mis Zapatos.
Gracias.
Os quiero.
domingo, 13 de diciembre de 2009
Dos estatuas en la Estación del Sur
Otra vez, Ali.
Nos hemos quedado como estatuas de hielo en el andén de la Estación del Sur. Muertos de frío. Yo con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Tú sentadita a mi lado temblando.
Hemos mirado el tren con cara de tontos y, delante de nuestras narices, se han cerrado las puertas con un estruendo inusualmente agresivo.
Después, cuando el convoy ha iniciado el viaje, hemos tenido la oportunidad de gritar muy fuerte para suplicar al maquinista que detenga el monstruo. Pero nuestras voces se han agarrado a las paredes de la garganta, como aquella vez que tuviste una garrapata ¿te acuerdas? y no hemos podido decir ni una puta palabra.
Cuando la estación se ha quedado desierta hemos visto, a lo lejos, la columna de humo y hemos llorado lágrimas de alcohol. Rabiosos por no haber sabido, una vez más, dar un saltito al pescante.
Hemos perdido el tren, Ali. Menos mal que estamos juntos.
No me mires así con tus ojos de miel. Te prometo que estaré siempre a tu lado.
Esta tarde vamos a dormir una larga, larga siesta ¿quieres? Quizá, si lo deseamos muy vehementemente, podremos soñar con lo que soñamos. Es lo único que nos queda. Al menos de momento.
Nos hemos quedado como estatuas de hielo en el andén de la Estación del Sur. Muertos de frío. Yo con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Tú sentadita a mi lado temblando.
Hemos mirado el tren con cara de tontos y, delante de nuestras narices, se han cerrado las puertas con un estruendo inusualmente agresivo.
Después, cuando el convoy ha iniciado el viaje, hemos tenido la oportunidad de gritar muy fuerte para suplicar al maquinista que detenga el monstruo. Pero nuestras voces se han agarrado a las paredes de la garganta, como aquella vez que tuviste una garrapata ¿te acuerdas? y no hemos podido decir ni una puta palabra.
Cuando la estación se ha quedado desierta hemos visto, a lo lejos, la columna de humo y hemos llorado lágrimas de alcohol. Rabiosos por no haber sabido, una vez más, dar un saltito al pescante.
Hemos perdido el tren, Ali. Menos mal que estamos juntos.
No me mires así con tus ojos de miel. Te prometo que estaré siempre a tu lado.
Esta tarde vamos a dormir una larga, larga siesta ¿quieres? Quizá, si lo deseamos muy vehementemente, podremos soñar con lo que soñamos. Es lo único que nos queda. Al menos de momento.
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